Salwa Jaan
En las tierras ásperas y polvorientas de las montañas del Hindu Kush, donde los vientos cantaban antiguas canciones de honor y resistencia, nació Salwa Jan. Desde niña, sus pies parecían llevar un ritmo propio, como si los ecos de sus ancestros guiaran cada uno de sus pasos. Su madre le enseñó los giros de las danzas tradicionales pashtunes, los movimientos que evocaban la lluvia, la libertad y la memoria de un pueblo que nunca se arrodilló ante nadie.
Pero los tiempos eran oscuros. El mundo, adormecido por la indiferencia, apenas escuchaba los lamentos de los pueblos silenciados. Donde antes la danza era un puente entre generaciones, ahora se consideraba un acto de rebeldía. La maldad se había infiltrado en los corazones de muchos, y aquellos que amaban su cultura eran vistos como amenazas.
A Salwa no le importó.
Vestida con su vestido tradicional bordado de hilos dorados, cruzó montañas y aldeas, llevando su arte allí donde los ojos se habían vuelto opacos de desesperanza. En cada pueblo que visitaba, encendía las miradas con el fulgor de sus giros, y los más viejos, aquellos que aún recordaban, lloraban en silencio.
"No se puede matar la danza," decía. "No se puede enterrar una historia que sigue latiendo en nuestros corazones."
Su valentía despertó tanto admiración como furia. La acusaron de traer problemas, de desafiar las normas impuestas por quienes temían la belleza de lo auténtico. Pero Salwa bailó igual. En las plazas, en los patios ocultos, en las montañas, donde solo la luna era testigo de su arte.
Con el tiempo, su resistencia inspiró a otros. Niños que nunca habían visto a sus abuelos bailar comenzaron a imitar sus movimientos. Mujeres que creían que su voz no importaba comenzaron a cantar las canciones que ella revivía con su cuerpo. Incluso algunos hombres, endurecidos por los años, recordaron que antes de la guerra y el miedo, también fueron parte de esa danza.
El día que intentaron silenciarla para siempre, todo un pueblo se levantó en su defensa. Salwa había sembrado algo más fuerte que el miedo: había recordado a su gente quiénes eran.
Dicen que aún hoy, cuando el viento sopla entre las montañas, se escucha el eco de sus pasos. Y que mientras haya alguien dispuesto a mover los pies al ritmo de su pueblo, la historia de los pashtunes nunca podrá ser olvidada.
Aclaración
Este cuento está escrito en clave ficcional. Fue generado con asistencia de Inteligencia Artificial. Tiene carácter atemporal y dejo en claro que el blog SILK STEPS mantiene su imparcialidad ante diversas ideologías y respeta las costumbres de todas las culturas y etnias del mundo.
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